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Antonio González Sobaco, Doctore en Derecho, Castellón Diario (Castellón, España), 24.6.91y 6.6.92

Texto

España, Castellón Diario, Lunes, 24 junio 1991

Mis primeros recuerdos de Monseñor Escrivá de Balaguer

Antonio González (*)

Llevo ya viviendo y trabajando muchos años en Castellón; puedo decir que me cuesta imaginarme transcurriendo mis días en otro lugar. Sin embargo, en la vida de las personas hay momentos y lugares que están siempre en presente: unas veces se trata de recuerdos imborrables, otras de simples impresiones difíciles de transmitir a los demás, pero que nos conmueven hasta lo más profundo del alma. En mi vida hay un momento que considero decisivo y que se remonta al otoño del año 1939. A pesar de que ocurrió al anochecer, cuando ya se había puesto el sol, es un recuerdo luminoso, que sigue vivo en mi memoria como uno de los más claros de mi vida, de esos que no se olvidan jamás y que dan siempre aliento al corazón, por duras y difíciles que sean las circunstancias que atravesemos. Ahí podemos volver a cargar las baterías del alma, ahí podemos acudir seguros de que ese recuerdo nos dará fuerza. Les voy a contar mi experiencia.

La noche había caído ya sobre la vieja ciudad castellana. Una densa niebla se extendía fría y desapacible cuando cruzábamos la Plaza Mayor de Valladolid para dirigimos al Hotel Español. La época, los primeros meses de la posguerra. Exactamente a finales de noviembre de 1939, el día de San Andrés. Son los días difíciles del pan negro, los transportes con gasógeno... en que unas promociones recién salidas de la guerra reanudan la vida universitaria con los "cursos intensivos".

Un sacerdote deseaba conocer a algunos chicos jóvenes. Es un sacerdote con acento aragonés. Se llama Don José Maria Escrivá de Balaguer. Su rasgo inmediato dominante: una alegría incontenible, contagiosa. Se ha ido interesando por todos y cada uno del pequeño grupo con el modo entrañable de un familiar que retorna a casa de remotas tierras. Pero de pronto la conversación ha dado un giro para decir: "Donde quiera que se reunieren dos o más personas en mi nombre, allí estoy Yo". Son palabras que hemos oído, de antiguo, las más de las veces en latín y voz baja, como punto de arranque de un sermón. Pero aquí no hubo tal, sino una breve glosa que hacía viva la presencia de Dios. Enseguida, y como para quitar trascendencia al asunto, que había calado en nuestras conciencias, volvió a temas generales, para despedirnos a continuación.

Pero es en la madrileña Residencia de Jenner con motivo de una semana de convivencia de estudiantes universitarios, en marzo de 1940, cuando conozco el Opus Dei, su espíritu, el ambiente de familia que reinaba en aquel grupo reducido (éramos entre treinta y cuarenta) que convivíamos aquellos días en la capital.

Hablar de las cualidades humanas de Monseñor Escrivá de Balaguer, aunque excelentes, es decir bien poco si prescindimos del espíritu sobrenatural que le animaba, y del origen divino de la obra, que vio con luz clara el 2 de octubre de 1928, y que algunos tuvimos la suerte de oír de viva voz del fundador, en aquel ambiente recogido del oratorio; aunque han pasado 52 años, es un acontecimiento imposible de olvidar. Allí entendí cosas decisivas para mi vida y pienso que quizá también para multitud de personas de todo el mundo; la llamada universal a la santidad; el estudio, elevado a la categoría de oración; la santificación del trabajo ordinario; el cuidado de las cosas pequeñas; el amor a los Sacramentos; el espíritu de sencillez. En fin, la espiritualidad del Opus Dei.

Las palabras de Monseñor Escrivá de Balaguer eran reposadas, sugestivas, con una inmensa carga espiritual, y ese deje aragonés que las hacía especialmente gratas. La Residencia de estudiantes de la calle de Jenner era un foco incandescente de espiritualidad. Un súbito despertar que revivía con fuerza muchas cosas olvidadas. Y la vida se iba llenando de deseos de servir a Dios y a los demás.

La Comunión de los Santos: he ahí una realidad que pude palpar vivamente. A consecuencia del fallecimiento repentino de un hermano mío en Valladolid, tuve que abandonar (casi al final) aquella semana de Jenner. Sin embargo, durante aproximadamente veinte días, percibí los efectos de fortaleza y paz interior en un grado indecible: Monseñor Escrivá de Balaguer y los asistentes me habían acompañado con sus oraciones.

¿Cómo olvidar a uno de los primeros miembros de la obra, Isidoro Zorzano, aquel ingeniero industrial, tan apacible de trato, que me llevó -en aquellos duros momentos- a la estación del Norte, me colocó en el Sudexpres de Hendaya y me acompañó hasta el último segundo? Este hombre discreto, siempre pendiente de los demás, vivía "por dentro" su relación con Dios. Tanto, que le fue iniciado proceso de beatificación el 11 de octubre de 1948, pocos años después de morir.

Hasta aquí llegan mi experiencia y mis recuerdos personales, pero ha pasado más de medio siglo desde entonces, por eso me parece que si hubiera que escoger entre mi testimonio personal y la realidad aséptica, tendrá más interés para los lectores esa descripción concisa y clara del Venerable Siervo de Dios José María Escrivá que recoge la oración para la devoción privada: recibió gracias innumerables y fue escogido "como instrumento fidelísimo pala fundar el Opus Dei, camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano", sirviendo "con alegría y con sencillez a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, iluminando los caminos de la tierra con la luminaria de la fe y del amor". Y yo tengo la dicha de poder sumar a estas palabras unos recuerdos inolvidables del Hotel Español y la Plaza Mayor de Valladolid, como primer punto de encuentro con el fundador del Opus Dei, una figura de primera magnitud. Hoy es en los caminos de Singapur, Quebec, Varsovia, Lima, Sidney, Chicago (en fin, en todo el mundo, para abreviar) donde puede percibirse el espíritu de ese hijo fiel a la Voluntad de su Padre Dios.

(*) Doctor en Derecho

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