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Artículos de la prensa internacional en los años que rodean a la beatificación de Josemaría Escrivá por Juan Pablo II


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Texto

N. 21 - 22 de mayo de 1992

L'OSSERVATORE ROMANO

(319) 7

HOMILÍA Durante la misa de beatificación celebrada en la plaza de San Pedro el domingo 17 de mayo

Josemaria Escrivá de Balaguer y Josefina Bakhita

dos modelos de santidad para nuestro tiempo

1. «Es necesario pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios» (Hch 14, 22)

A los dos discípulos que iban por el camino a Emaús Jesús les dice: «¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloría?» (Lc 24, 26).

En la primera lectura hemos visto a los apóstoles Pablo y Bernabé «confirmando las almas de los discípulos, exhortándoles a permanecer en la fe» (cf. Hch 14, 22). Ellos anuncian la misma verdad de que había hablado Cristo en el camino a Emaús; una verdad que su vida y su muerte habían confirmado: «Es necesario pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios».

Por muchas generaciones a lo largo de los siglos, los discípulos de Cristo, crucificado y resucitado, abrazan el mismo camino que el Señor les había indicado.

«Os he dado ejemplo» (Jn 13, 15).

2. Hoy se nos ofrece la ocasión de fijar una vez más nuestra mirada en esta vía de salvación: el camino hacía la santidad, y reflexionar sobre las figuras de dos personas que, de ahora en adelante, llamaremos beatas: Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, fundador del Opus Dei, y Josefina Bakhita, Hija de la Caridad, canosiana.

La Iglesia desea servir y profesar la verdad completa sobre Cristo; ella quiere ser dispensadora del misterio completo de su redentor. Sí la vía hacía el reino de Dios pasa por muchas tribulaciones, entones, al final del camino se encontrará también la participación en la gloria: la gloria que Cristo nos ha revelado en su resurrección.

La medida de dicha gloria nos viene dada por la nueva Jerusalén, anunciada por las palabras inspiradas del Apocalip

El Santo Padre Juan Pablo 11 pronuncia

sis de san Juan: «Esta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos» (Ap 21, 3).

«Ahora hago el universo nuevo» (Ap 21, 5), dice el Señor glorioso. El camino hacía la «novedad» definitiva de todo lo creado pasa obligatoriamente -aquí en la tierra- por el mandamiento nuevo: «que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 13,34).

Este mandamiento nuevo ocupó el centro de la vida de dos hijos ejemplares de la Iglesia, que hoy, en la alegría pascual, son proclamados beatos.

la fórmula solemne de la beatificación

3. Josemaría Escrivá de Balaguer, nacido en el seno de una familia profundamente cristiana, ya en la adolescencia percibió la llamada de Dios a tina vida de mayor entrega. Pocos años después de ser ordenado sacerdote dio início a la misión fundacional a la que dedicaría 47 años de amorosa e infatigable solicitud en favor de los sacerdotes y laicos de lo que hoy es la prelatura del Opus Dei.

La vida espiritual y apostólica del nuevo beato estuvo fundamentada en saberse, por la fe, hijo de Dios en Cristo. De esta fe se alimentaba su amor al Señor, su ímpetu evangelizador, su alegría constan

te, incluso en las grandes pruebas y dificultades que hubo de superar. «Tener la cruz es encontrar la felicidad, la alegría -nos dice en una de sus Meditaciones-; tener la cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo y, por eso, ser hijo de Dios».

Con sobrenatural intuición, el beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por

ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en . unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación (cf. Dominum et vivificantem, 50). En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo beato nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. «Todas las cosas de la tierra -enseñaba- también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios» (Carta del 19 de marzo de 1954).

«Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mí rey». Esta aclamación que hemos hecho en el salmo responsorial es como el compendio de la vida espiritual del beato Josemaría. Su gran amor a Cristo, por quien se siente fascinado, le lleva a consagrarse para siempre a él y a participar en el misterio de su pasión y resurrección. Al mismo tiempo, su amor filial a la Virgen María le inclina a imitar

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