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Artículos de la prensa internacional en los años que rodean a la beatificación de Josemaría Escrivá por Juan Pablo II


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Críticas al Opus Dei: una respuesta

La Vanguardia (Barcelona), 10.5.92 (entrevista de Jordi Piquer)

Texto

LA VANGUARDIA

SOCIEDAD/RELIGIÓN

Barcelona, España, DOMINGO, 10 MAYO 1992

ENTREVISTA a Álvaro del Portillo, prelado del Opus Dei

"La beatificación no es para 1a Obra ninguna autocomplacencia corporativa"

JORDI PIQUER

En medio de la polémica suscitada por la beatificación de monseñor Escrivá, su sucesor al frente del Opus Dei no ha concedido declaraciones. Sin embargo, ha aceptado amablemente contestar por escrito a una parte del cuestionario que le ha presentado esté periódico.

-¿Qué significado tiene para la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei esta beatificación?

-En primer lugar, es un motivo de agradecimiento a Dios y a la Iglesia. A Dios, que es la fuente de toda santidad; y a la Iglesia, porque reconoce la santidad de vida de nuestro fundador. Este reconocimiento es para nosotros, indudablemente, una gran alegría. Pero un gozo que no es fuente de autocomplacencia corporativa, sino que se convierte en una llamada muy exigente: todos en la Prelatura sentimos interpeladas nuestras conciencias en estos términos: hay que ser fieles a Jesucristo, siguiendo los pasos de nuestro fundador; hay que ser dignos hijos de un santo, llevando hasta el heroísmo el amor a Dios y al prójimo. La alegría se transforma así para el Opus Dei en una urgente responsabilidad de cara a Dios, a la Iglesia y al mundo.

-La beatificación de un fundador suele interpretarse como el reconocimiento no sólo de su santidad personal, sino también de la legitimidad del carisma fundacional.

-La legitimidad institucional a que usted se refiere alcanzó su reconocimiento definitivo, por parte de la Iglesia, hace ya mucho tiempo, en vida del fundador. Con todo, no se puede negar que la beatificación de monseñor Escrivá es una confirmación práctica, de verificación empírica; de la eficacia santificadora del carisma fundacional. Un camino de santidad se muestra como efectivo al haber producido la santidad de quien lo recorre.

-¿Cuál es, en síntesis, el carisma que ha aportado monseñor Escrivá?

-Yo lo resumiría en haber redescubierto el bautismo como la primera, la más profunda, raíz y exigencia de santidad para todos. Así se han abierto al cristiano corriente nuevos y amplios horizontes, tanto para la santificación personal como para la recristianización de la sociedad: cualquier trabajo honrado, las circunstancias corrientes de la vida ordinaria, son santificables y santificadoras. Repetía monseñor Escrivá como un estribillo: "¡Se han abierto los caminos divinos de la tierra!" Un hijo de Dios no deberá decir: yo no puedo alcanzar la plenitud de la vida cristiana porque soy casado, porque soy jornalero, porque me falta el tiempo, porque soy de carne. porque estoy enfermo... Al contrario: a través de esas realidades humanas puedo llevar mi bautismo a su consumación, y lo llevaré, con la gracia de Dios, "en" la carne sana o enferma... Todo eso comporta una comprensión profunda de las consecuencias del misterio de la Encarnación.

-Usted fue compañero de fatigas de monseñor Escrivá a partir de 1935. ¿Cómo reaccionaba él ante las cruces y las contradicciones?

-Monseñor Escrivá supo desde muy temprano, con un saber experimental, en su propia alma, en su propio cuerpo, que toda contrariedad procede de los designios amorosos de nuestro Padre Dios, quien -en su amable Providencia- la permite sólo para sacar precisamente de ahí un bien mayor. "Caricias de Dios", las llamaba. Esta certeza de fe era tan arrolladora en su mente, que siempre amó la cruz. Incluso llegó -sin victimismos: la única víctima es Cristo, repetía- al extremo heroico de pedirla: "Haz de mi pobre carne un crucifijo".

-No le faltaron las contradicciones desde los primeros tiempos.

-El no era indiferente ante esas oleadas: al poseer un corazón tan sensible, tales falsedades le dolían por la ofensa a Dios que comportaban, por el daño a la Iglesia o a la Obra. Por eso, aunque cumpliese -sí era el caso- el estricto deber de justicia de desmentir o de rectificar maledicencias, jamás en la vida le oí una palabra de resentimiento hacia quienes le atacaban, y jamás permitió a nadie en la Obra comportarse de otra manera que ésta: rezar, callar, perdonar y sonreír.

Su perdón era tan profundo e inmediato, que podía afirmar con toda verdad: "Yo no he necesitado aprender a perdonar, porque Dios me ha enseñado a querer". De ahí que, en sus oraciones de petición, tuviese presentes de modo muy especial a quienes le atacaban; no los consideró nunca enemigos; es más, los contó siempre entre sus bienhechores.

-Monseñor Escrivá fue nombrado hijo adoptivo de Barcelona. ¿Qué puede decirnos de su relación con la ciudad?

-Monseñor Escrivá amó entrañablemente su tierra, y la amó con un corazón universal, donde cabían todos los pueblos del mundo. De Barcelona, escenario de algunas de aquellas contradicciones ya mencionadas, pero también de grandes obras apostólicas suyas y de sus hijos, decía: "Cuánta sangre y cuántas lágrimas, cuánta oración y cuánta mortificación me ha costado! Por eso la quiero tanto". Se sentía catalán y poseía las virtudes tradicionales de esa tierra -el orden, la laboriosidad, el buen juicio, la cordialidad- elevadas a un plano sobrenatural y practicadas en grado heroico.

-¿Cuáles son sus recuerdos de monseñor Escrivá en Barcelona?

-Me complace recordar un dato muy particular de su biografía: su paso por Barcelona, camino de Roma, en 1946. Yo había llevado a cabo en Roma las gestiones previas para obtener la aprobación pontificia de la Obra, pero llegó un momento en que sólo el fundador podía hacer avanzar esas gestiones. Monseñor Escrivá estaba por entonces muy enfermo de diabetes. Los médicos le aseguraron que, si viajaba a Roma, en aquellas circunstancias de entonces, no respondían de su vida. Por supuesto, después de pensarlo ante Dios, vino fue algo heroico.

"Camino de Barcelona, se desvió hacía Montserrat para rezar. Y ya en la ciudad, en el oratorio de un centro nuestro de la calle de Muntaner, dirigió la meditación -oró en voz alta- horas antes dé embarcar en el "J. J. Sister"... Esa misma mañana hizo su única visita en Barcelona: a la basílica de Nuestra Señora de la Merced. Pidió a sus hijos que siguieran yendo allí a implorar la ayuda de la Virgen. Su oración fue oída y ocurrió lo que parecía imposible. En efecto, el 24II-1947 la Santa Sede emitió el decreto de alabanza del Opus Dei.

-Usted fue su confesor y su colaborador más inmediato durante varias décadas. ¿Qué recuerdos tiene de monseñor Escrivá?

-Le contaré con mucho gusto dos de ellos. El primero es como la continuación del anterior. Ese hombre gravemente enfermo, al llegar a Roma, se alojó en el pequeño apartamento que subarrendamos a unos pasos del Vaticano. Tan cerca estábamos de San Pedro que, al atardecer, podríamos seguir los movimientos del Santo Padre fijándonos en las luces que se encendían y apagaban en las estancias pontificias. Y monseñor Escrivá pasó su primera noche romana, exhausto, enfermo e insomne como se encontraba, sin acostarse: rezando toda la noche por el Papa desde la terraza del apartamento, con los ojos fijos en las ventanas de la habitación pontificia, velando el sueño del vice Cristo en la tierra, como un centinela leal. Es un recuerdo antiguo que aún hoy me conmueve.

-Se refería usted a un segundo recuerdo romano.

-Sí. Por simetría, tras su primer día romano, le contaré también el último, que fue el 26 de junio de 1975, casi treinta años más tarde. Después de hacer medía hora de oración y de celebrar la santa misa, fuimos a Castelgandolfo. Ante un numeroso grupo de hijas suyas de diversos países renovó aquel acto de amor a la Iglesia y al Papa -"cualquiera que sea"- que en tantas ocasiones le habíamos oído. Llevaba veinte minutos hablando cuando se sintió mal; le instamos para que descansara allí mismo, pero prefirió no molestar ni preocupar a sus hijas. Volvió a Roma con su malestar, sereno y contento, sí bien callado y visiblemente recogido en oración. A1 llegara casa, saludó al Señor en el sagrario. Entrando en la habitación donde solía trabajar -mí despacho-, después de mirar la imagen de la Virgen, se desplomó. Murió como lo había deseado y pedido al Señor, "sin dar la lata".

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