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Artículos de la prensa internacional en los años que rodean a la beatificación de Josemaría Escrivá por Juan Pablo II Enlaces |
Abc (Madrid), 9.5.92 (entrevista de Miguel Castellví)
Texto
ABC, Madrid, España, SÁBADO 9-5-92 Del Portillo: Siempre estuve seguro de que Escrivá era un santo Roma. Miguel Castellví Monseñor Álvaro del Portillo conoció en 1935 a un joven sacerdote aragonés. "Saqué la impresión -explica- de que era un instrumento fidelísimo para cumplir un designio expreso de la Providencia." Se llamaba José María Escrivá, y siete años antes había fundado el Opus Dei. Por aquella época desarrollaba un gran apostolado en Madrid, pero ya "con corazón universal". Desde entonces, Álvaro del Portillo vivió pegado a este español que se definía como "un pecador que ama a Jesucristo", y que Juan Pablo 11 beatificará el domingo próximo. "Monseñor Escrivá de Balaguer se inscribe en la línea de los grandes fundadores universales que España ha dado a la Iglesia", dice don Álvaro. Sus cuarenta años al lado del fundador del Opus Dei, la causa de beatificación y la polémica que la ha rodeado, la rica herencia espiritual que dejó son algunos de los temas que el actual prelado de la Obra trata en esta entrevista, en la que subraya cómo retrasar la causa de beatificación no hubiera evitado las críticas, que -dice- "tienen menos relación con su persona que con su fundación". "Lo qué molesta es que miles de hombres y mujeres trabajen en el corazón mismo de la sociedad y de sus instituciones con el anhelo de poner a Cristo en las entrañas de todas las actividades humanas", afirma monseñor del Portillo. -El próximo 17 de mayo Juan Pablo 11 beatificará a monseñor Escrivá. ¿Qué significado atribuye usted a este hecho? -Por una parte, es un motivo de gozo intensísimo para cuantos le conocimos -directa o indirectamente- y estuvimos siempre convencidos de su santidad. Ahora veremos refrendada esa opinión nuestra -segura pero sólo privada- por la sanción pública y oficial de la Iglesia. Ahora podremos también expresarle nuestra veneración al píe de los altares, cosa que me emociona sólo pensarlo. Dios ha querido glorificar ante todo el mundo a quien en esta vida procuró siempre ocultarse y desaparecer. Pero, sobre todo, el hecho me llena de alegría por la Iglesia, que propondrá al mundo un modelo de vida santa de perenne vigencia. He podido comprobar en estos años que miles y miles de personas de todos los continentes le invocaban seguros de intercesión, y ahora agradecen a Dios que sea proclamado beato por la Iglesia: cuentan con un amigo más en el cíelo. -Durante cuarenta años usted vivió junto al fundador del Opus Dei. ¿Tenía usted conciencia de estar junto a un hombre que llegarla a los altares? -Yo la tuve en todo momento, prácticamente desde el día en que le conocí, y ese convencimiento no hizo sino aumentar a lo largo de las cuatro décadas que viví a su lado, y de las cuales -estoy seguro- el Señor me pedirá "cuenta estrecha". Hacia el final de su vida, gastada por Dios y por las almas, esa certeza mía de su santidad canonizable había llegado a ser una evidencia. Es más: puedo afirmar, por mí conocimiento retrospectivo de su vida entre 1928 y 1935, que ya en el momento fundacional -a los veintiséis años- José María Escrivá, preparado sin duda por el Señor para tamaña empresa sobrenatural, había alcanzado un grado altísimo de amor a Dios. EL resto de sus años, hasta su muerte, fue un pronunciado "crescendo" de heroísmo. En suma, que siempre supe al lado de quién vivía: de un santo. -Usted sabe que en contra de esta respuesta suya algunos mencionan el caso del marquesado de Peralta, que hace aparecer a monseñor Escrivá como vanidoso. -Sí. Es un episodio que demuestra exactamente lo contrarío: humildad y espíritu fraterno, y le explicaré por qué. En la familia existía ese título, y monseñor Escrivá quiso reivindicarlo para su hermano Santiago por una cuestión de justicia: por lo mucho que toda la familia y el propio Santiago habían sacrificado de su herencia, de su honra, de sus ilusiones en favor del Opus Dei. Naturalmente, monseñor Escrivá, que tenía los píes en la tierra, previó perfectamente la ola de calumnias que se le echaría encima a causa de esa reivindicación, y, aun previendo que podía "quedar mal" -como vanidoso o mundano- sí la iniciaba, lo hizo, porque prevalecieron la justicia y el amor fraterno: Y, con estos valores, también la prudencia, pues antes de emprender esa acción legal consultó conmigo, con varios hijos suyos mayores, y lo que es más, con cardenales y otras altas personalidades de la Santa Sede; y todos, en forma unánime, le recomendamos hacerlo. A José María Escrivá, personalmente, los títulos y señoríos de este mundo no le importaban nada. -Monseñor Escrivá es bien conocido como fundador del Opus Dei y como autor del famoso "Camino" y de otros libros de espiritualidad no menos difundidos. ¿Pero quién era en privado monseñor Escrivá? -Sí pienso en alguien siempre "idéntico a sí mismo" inmediatamente viene a mi recuerdo monseñor Escrivá. Nunca fue una persona en privado y otra en público, una rezando y otra escribiendo y otra actuando a los ojos del mundo. Su "unidad de vida" era tan intensa que no cupieron divisiones ni poses de ninguna especie. -En España se han oído en estos últimos meses algunas voces contrarias a la beatificación de monseñor Escrivá. ¿A qué las atribuye usted y qué peso les otorga? -No pretendo quitar a nadie el derecho que tiene a dar su opinión. Pero me duele ver en algunos una especie de ignorancia, o quizá resentimiento, sin fundamento alguno. Por otra parte, esas voces tienen, a mí juicio, menos relación con su persona que con su fundación. Lo que molesta a esos pocos es que miles y miles de hombres y mujeres trabajen en el corazón mismo de la sociedad y de sus instituciones con el anhelo de "poner a Cristo en las entrañas de todas las actividades humanas". Amar y perdonar Entonces embisten contra monseñor Escrivá de Balaguer como el emblema de ese empeño sobrenatural. Pero no es un fenómeno raro en la historia de la Iglesia: muchos santos han sido, en su tiempo y lugar, "signo de contradicción", empezando por el Maestro, el propio Cristo; y lo han sido sobre todo aquellas figuras que traían al mundo grandes innovaciones, como San Francisco de Asís, Santa Teresa de Jesús, San Juan Bosco. Por lo demás, el santo es más caricaturizable por sus adversarios que persona alguna: pueden convertir su mansedumbre en debilidad, o al revés, su energía vital o su celo de la casa de Dios en mal carácter, o su fe heroica en fanatismo. ¿Alcance o peso de esas voces críticas? El mismo de las que sufrieron los santos ya mencionados. -Diría usted lo mismo de las últimas campañas de Prensa lanzadas, contra monseñor Escrivá? -Sí, acentuando justamente ese carácter de campañas, más ligadas a las intenciones de ciertos sectores que al sentir de vastas mayorías de la opinión pública. Por lo demás, se trata de un fenómeno restringido, por mucho ruido que pueda hacer. Piense usted que hay países enteros donde apenas se ha oído una voz polémica con respecto a la beatificación de monseñor Escrivá. Más aún, hay grandes regiones del mundo de las cuales llegan solamente y en forma unánime voces llenas de adhesión, agradecimiento y alegría por esa beatificación. El caso de España -por las razones que sea- no es absolutamente representativo del clima reinante en la opinión pública mundial al respecto, que es francamente positivo. Ante esa campaña, mi reacción ha sido la de siempre, la que aprendí de monseñor Escrivá: amar a quienes la promueven, perdonar y seguir trabajando. Todo tipo de voces -¿Y no habría sido mejor retrasar años la beatificación para no dar pie a que se diga que se ha ido demasiado deprisa o que se ha actuado con cierto favoritismo? -¿Piensa usted que por retrasarla unos años se habrían evitado esas críticas? Mi opinión es que quizá hubiesen aumentado al ser más extenso el influjo cristiano de su mensaje espiritual. Pero, por encima de eso, es tal el bien de una beatificación -de todas en general y de ésta en particular- que habiéndose llegado a la evidencia del heroísmo cristiano en una causa realizada con una rigurosa metodología crítica no veo por qué se- deba esperar años o -para que se apaguen las voces críticas- una generación entera. La sospecha de favoritismo carece del más mínimo asidero, o de sentido alguno. Que no se ha ido más deprisa de lo debido resulta obvio a quien conozca la simplificación de estos procesos dispuesta en 1969 por Pablo VI. Y ha contado, por supuesto, el interés de la Iglesia universal por la actualidad y la universidad del mensaje que el beato ha traído a la Iglesia y al mundo. -También se oye en España el alegato de ciertas personas que aspiraban a ser testigos del proceso y que no lo fueron. -En su momento, la postulación del Opus Dei presentó a la Santa Sede una lista de personas que sabíamos contrarias a la beatificación de monseñor Escrivá para que pudieran ser elegidas como testigos, pues nos interesaba que se oyeran todo tipo de voces. EL Tribunal acogió algunos de esos nombres presentados por la postulación, dejó de lado otros y buscó también algunos más. En esa selección, el Opus Dei no tuvo parte, y el Tribunal la llevó a cabo siguiendo los criterios propios y permanentes en esta materia. Es importante hacer notar que en el proceso se tuvieron en cuenta los testimonios discordantes y fueron analizados con profundidad crítica. -¿Cómo y cuándo conoció usted a monseñor Escrivá? ¿Qué impresión guarda de su primer encuentro? -Le conocí en el año 35 -entonces yo estudiaba ingeniería-, encuna primera conversación demasiado breve -cinco minutos-, pero me dejó una impresión profunda. Ya desde entonces le vi como siempre después: un sacerdote metido en Dios, y en lo humano, muy alegre y muy simpático. Meses más tarde, aunque no lo había vuelto a tratar, acudí a despedirme de él -dejaba Madrid por las vacaciones- y tuvimos una conversación más amplia que me llegó al fondo del alma. Al día siguiente, que era domingo, oí su predicación: un par de meditaciones sumamente expresivas de un retiro. Y esa misma mañana -sin haber pensado yo nunca algo para mí de ese estilo- le pedí que me admitiera en el Opus Dei. A un hombre de su talante apostólico se le podía seguir dondequiera que fuese, en la seguridad de que su camino era divino. Y esa impresión quedó siempre en mí: la de que monseñor Escrivá era un instrumento fidelísimo para cumplir un designio expreso de la Providencia. Morir "sin dar la lata" -¿Y de la última vez que le vio? -La última jornada de su vida fue -como todas las suyas- de intensa oración: la meditación a primera hora de la mañana, la santa misa celebrada con profunda devoción, el rosario en el trayecto de Roma a Castelgandolfo. Allí debía hablar a un grupo de hijas suyas, mujeres de varias naciones y de profesiones diferentes. Tras veinte minutos de conversación con ellas se sintió mal y debimos volver a Roma. Venía callado; no tanto por su malestar como porque estaba intensa y visiblemente recogido en oración. AL llegar a su lugar habitual de trabajo -mí despacho, pues solíamos trabajar juntos- se desplomó muerto. Después de poner para reanimarle todos los medios posibles -que se demostraron inútiles- y de administrarle los Santos Sacramentos, destrozados por el dolor y sollozando, le besamos las manos y la frente. Su rostro irradiaba una paz inmensa que confortaba a cuantos entre lágrimas le mirábamos ya muerto. Murió como lo había pedido al Señor: "Sin dar la lata", nos comentaba. Y cambió de casa cumpliendo su deber en su lugar de trabajo. -Monseñor Escrivá nació en Barbastro. Y el Opus Dei comenzó en Madrid. A muchos lectores de ABC les gustaría saber si esos datos geográficos significaban algo en la vida del fundador. -Monseñor Escrivá de Balaguer se inscribe en la línea de los grandes fundadores universales que España ha dado a la iglesia a lo largo de su historia. Amó a su patria con pasión -se sintió siempre aragonés, y lo fue-, pero la amó con un amor universal, porque tenía un corazón católico y porque, desde el primer momento de su fundación., supo que el Opus Dei lo quería el Señor para extenderse a todos los pueblos de la Tierra, siendo España sólo -y no es poco, por la responsabilidad que entraña- la región primogénita. De modo que se le puede definir así: un español con corazón católico, universal. De Madrid, concretamente, decía que había sido su Damasco, porque allí vio el 2 de octubre de 1928, con la luz de Dios, lo que el Señor le pedía. -¿Puede usted contarnos, por fin, un recuerdo de la vida de monseñor Escrivá que le haya causado un impacto fuerte? -Entre tantos que vienen a mí mente referiré uno. Era Jueves Santo de 1975, víspera de sus bodas de oro sacerdotales. Aquella mañana nos dirigió la meditación, y en medio de su profundo agradecimiento a Dios por tantas gracias recibidas comentó que después de 50 años de sacerdocio se veía ante el Señor "como un niño que balbucea". Tras una vida enteramente gastada en el servicio de Dios, bendecida con inmensos frutos que estaban a la vista de todos, se consideraba como una criatura que tiene que aprender a deletrear las lecciones que recibe. Me emocionó profundamente, y me sigue emocionando, aquella manifestación tan espontánea, de una humildad que no se explica sino por un don altísimo del Espíritu Santo. Conocer el Opus Dei |