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Artículos de la prensa internacional en los años que rodean a la beatificación de Josemaría Escrivá por Juan Pablo II Enlaces |
Abc (Madrid), 17.5.92
Texto
Álvaro del PORTILLO Prelado del Opus Dei LA SANTIDAD DEL FUNDADOR DEL OPUS DEI Abc Madrid, España 17.V.92 Al recibir la noticia de que Juan Pablo II había decidido beatificar a monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, brotó en mí alma un hondo agradecimiento, junto con la convicción de que el Señor quería una vez más exaltar a quienes han buscado servirle sin pensar en ellos mismos. Se agolparon en mi memoria tantas escenas de su existencia terrena, selladas siempre por un profundo amor de Dios. He hablado mucho sobre la humildad del fundador del Opus Dei durante estos últimos meses, porque fue una característica nítida de su respuesta a las llamadas divinas. Así escribía por los años treinta: "Reconoce la Santa Madre Teresa, en el capítulo 11 de sus Fundaciones, que es manifestación de la omnipotencia divina dar osadía a personas flacas para cosas grandes en su servicio. Y me acojo a lo de la osadía y a lo de la flaqueza... 2 de octubre de 1928. 14 de febrero de 1930." La conciencia de su poquedad creció -no es un contrasentido con el paso de los años. Recuerdo bien la audiencia que le concedió el Papa Pablo VI, el 25 de junio de 1973. Salió con cara muy pensativa. Ante mis preguntas, me explicó que había hablado al Santo Padre de temas espirituales y apostólicos, comentándole actividades que el Señor hacía fructificar en el mundo. E1 Romano Pontífice le escuchaba contento, intercalaba palabras elogiosas, y llegó a decirle: "Usted es un santo". A1 oír esa frase, monseñor Escrivá de Balaguer se entristeció, se llenó de vergüenza _y de dolor por sus propios pecados, y se atrevió a protestar al Santo Padre: "No, no. Vuestra Santidad no me conoce; yo soy un pobre pecador." Pablo VI insistió, y el fundador de la Obra replicó de nuevo: "Sobre la tierra sólo hay un santo: el Santo Padre." Me lo recordó el Papa, en una audiencia de 1976, cuando yo había sucedido ya a monseñor Escrivá, al frente del Opus Dei. Pablo VI me atendió durante más de una hora. En un momento dado, con gran sencillez, me dijo que consideraba que nuestro fundador fue uno de los hombres que había recibido más carismas en la historia de la Iglesia, y que siempre había respondido con generosidad, fiel a esos dones divinos. Y me repitió varias veces que lo consideraba un santo muy grande. Conté a Pablo VI algún detalle de monseñor Escrivá de Balaguer, y me interrumpió con cariño: "¿Han escrito todo esto?" AI responderle afirmativamente, me aseguró: "Esto es un tesoro, no solamente para el Opus Dei, sino para toda la' Iglesia." Y me insistió: "todo lo que se refiere al fundador, a su enseñanza doctrinal escrita o vivida, a los sucesos de su vida, no pertenece ya sólo al Opus Dei: forma parte de la historia de la Iglesia". Muchas veces me han preguntado por el rasgo más característico de la personalidad de monseñor Escrivá. Desde que le conocí, en Madrid, el año 1935, tuve la clara impresión de estar delante de un hombre de Dios, con un amor que rebosaba celo ardiente por las almas, lleno de cariño y de simpatía. Soy consciente de que recibió muchos dones del Paráclito, pero, cuando trato de describirle -como en este momento-, no acierto a distinguir entre las cualidades que brotaban espontáneamente de su carácter humano, y lo que fue consecuencia de la gracia de Dios y de su propia lucha ascética. He usado a propósito la expresión "distinguir", no separar", porque en su biografía emerge la unidad, la cabal compenetración entre los aspectos humanos, apostólicos y ascéticos. En el fondo, es lo que la Iglesia ha venido a reconocer: que tenía la idoneidad del instrumento preparado por el Señor para la misión que el mismo Dios había decidido confiarle. No obstante, me atrevo a apuntar que una cualidad penetra todas las demás: la entrega a Dios y a las almas por El, dispuesto a responder generosamente a la voluntad del Señor. Este es el polo orientador de su existencia, que describe así en el punto 1.006 de "Forja": "Veo con meridiana claridad la fórmula, el secreto de la felicidad terrena y eternal: no conformarse solamente con la voluntad de Dios, sino adherirse, identificarse, querer -en una palabra-, con un acto positivo de nuestra voluntad, la voluntad divina. Éste es el secreto infalible -insisto- del gozo y de la paz." La Santa Sede, al declarar en 1990 la heroicidad de sus virtudes, quiere que nos fijemos no "tanto en sus egregias cualidades para la acción como en su vida de oración, y en la asidua experiencia unitiva que hizo de monseñor Escrivá verdaderamente un contemplativo itinerante". Confirma así la honda realidad de la santificación del trabajo y de la vida corriente, que no es, en modo alguno, mero humanismo, sino expresión de fe viva. Reconoce, en fin, que el fundador del Opus Dei encarnó, en medio del mundo, aquel verso de San Juan de la Cruz que le era muy familiar: "Volé tan alto, tan alto, que le di a la caza alcance." Esa unión con Dios le exigió renuncia y abnegación y, en ocasiones, imponerse severas penitencias. No acentúo este aspecto de la biografía de monseñor Escrivá, porque a su lado aprendí que, con frecuencia, la mejor mortificación es una sonrisa, y, en cambio, no es buen sacrificio el que impide el cumplimiento del deber o mortifica a otros. El espíritu auténtico lleva a ocuparse de los demás y a olvidarse de uno mismo. Dios suele premiarlo con una alegría gozosa. Monseñor Escrivá de Balaguer vivió de hecho la abnegación cristiana con sencillez, ternura y buen humor. Lo humano 'y lo,.divino aparecen trabados en el humilde señorío de quien se sabe nada y menos que nada y necesita recurrir constantemente a la gracia divina, para comenzar y recomenzar la lucha de cada instante, pensando en cumplir la tarea encomendada. Así se lo proponía el fundador un día de cumpleaños, el 9 de enero de 1933: "¡Treinta y un años! Dios mío: "nunc coepi, nunc coepi!" (ahora comienzo)..." Se inicia ahora una nueva etapa en el apostolado del Opus Dei, al servicio de la Humanidad, que nos disponemos a recorrer en la más plena comunión con el Papa y el Episcopado universal, acompañados por el afecto dé tantas gentes del mundo entero. Es tiempo de gratitud, que procuraremos manifestar en obras de fidelidad, con la ayuda de nuestro fundador desde el cielo. Reconozco que mi deuda personal con el beato Josemaría resulta impagable. Tengo el privilegio, y siento la gran responsabilidad, de haber sido testigo, durante cuarenta años, de su afán de santidad. Muchas veces he pedido al Señor que me conceda al menos un poquito del amor que he visto en su corazón. En este momento de alegría, como deudor insolvente, me acojo a la misericordia de Dios, a la afectuosa lealtad de los miembros de la Obra, y a la oración de los hijos de la Iglesia. Conocer el Opus Dei |